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/ 5 abril 2026

Carmen La Griega: «Soy artista porque no quiero olvidar»

Carmen La Griega: «Soy artista porque no quiero olvidar»

La Sala Maruja Mallo del Centro Cultural Pérez de la Riva acoge hasta el 6 de abril la exposición Llévame donde haya vida de Carmen la Griega, un proyecto innovador vinculado al Plan de Salud Mental de Las Rozas. Esta propuesta artística explora la conexión entre el arte y la mejora en la calidad de vida de pacientes con Alzheimer y sus cuidadores, naciendo de la experiencia personal de la artista y pedagoga en el cuidado de su padre. A través de dibujos, pinturas y vídeos realizados en colaboración con él, Carmen ha evidenciado cómo la capacidad creativa perdura a pesar del deterioro cognitivo.

En esta entrevista exclusiva para Las Rozas es Noticia, Carmen la Griega comparte el proceso creativo detrás de su obra y el impacto transformador del arte como herramienta terapéutica. Con Llévame donde haya vida, invita a la comunidad a descubrir cómo la expresión artística puede convertirse en un motor de esperanza y bienestar, resaltando la importancia de integrar el arte en la lucha contra el Alzheimer y en la mejora de la calidad de vida de quienes lo padecen y de sus cuidadores.

‘Llévame donde haya vida’ surge de la simbiosis entre los cuidados de tu padre, con diagnóstico de Alzheimer y tu visión de la experimentación artística. ¿Cómo fue su nacimiento?

Vengo de estudiar en profundidad la tragedia griega, el teatro griego. Viví en Grecia y mis últimos años de Bellas Artes y el Doctorado los hice allí. Había una relación con el teatro griego que me interesaba mucho que no es otra que educar a través del teatro. Y como mi instinto creativo siempre ha sido la pintura y el dibujo, surgió de esta manera. Mi obra artística siempre ha sido muy teatral y hacia la experiencia de la heroína, como Yocasta, Medea, Ofelia… mujeres de la tragedia que quieren llegar a la catarsis de la emoción.

Pero en 2018, cuando a mi padre le diagnostican Alzheimer, resurge algo que siempre he tenido. Esa necesidad de un teatro más democrático, pedagógico. Mi padre me llevó de alguna forma a este proyecto. Me hizo pensar más en el coro que en el héroe.

¿Cómo se relacionan la capacidad creativa y el deterioro cognitivo de las personas que sufren esta enfermedad?

Otra de las vías que me han interesado siempre son los niños porque se expresan de una forma muy creativa y fresca. No piensan demasiado en la historia del arte y tampoco en su comercio. Quizá esa expontaneidad que el artista a veces pierde por pensar demasiado, a mí me interesa. Me interesa mucho ese arte bruto. Una persona con demencia, que va perdiendo la capacidad de razonar empieza a sentir más y se expresa de una forma más impulsiva y fresca.

En Nueva York también he estado trabajando con gente autista y tienen algo que no está relacionado con lo social, sino con uno mismo, y con la necesidad de expresar. El arte en el que estoy trabajando aboga por este arte bruto.

¿Podemos decir que el arte mejoró la calidad de vida de tu padre durante ese periodo tan complicado?

Sí, se ve de una forma evidente. El vídeo que forma parte de la exposición muestra a una persona que a través de la pintura, del baile y de la música alcanza la risa. Se quiere reír y eso se nota, cuando alguien ríe, quiere decir que está bien. Hay mucha alegría en este trabajo y el bienestar tiene mucho que ver con estar alegre.

«Hasta que no se vive, no se ve todo lo que sufre el acompañante»

La muestra pone el foco de una manera especial también en el acompañante. En las familias, sobre todo.

Sobre el acompañante y las familias este es un trabajo muy duro. Si hay ansiedad, la padecen mucho más que las personas con Alzheimer. Quien padece la enfermedad se da cuenta que está perdiendo la cabeza y se molestan mucho si les quitas las llaves de casa, o el dinero. Es algo que afectaría a cualquiera porque le estás arrancando su autonomía. Todo eso es un proceso, un camino, pero después no sufren tanto cuando ya no recuerdan quiénes eran. Sufren por otras razones, pero no por eso.

Las personas que les acompañan siempre están luchando. Para que el sistema le acoja, para que la Comunidad de Madrid le dé la ayuda; para que exista una residencia que esté adaptada a esa persona. Es muchísimo trabajo y no se ve hasta que no se vive. Es un trabajazo, y en el caso de mi padres, porque tenían un dinero y pudieron pagar a una persona de forma privada para ayudarnos, porque si esperábamos… Las ayudas son demasiado lentas. Nos dieron la residencia cuando mi padre ya había muerto.  Tuvimos que tomar muchas decisiones y fue el núcleo familiar el que tuvo que afrontarlas, porque si no, la persona se te va. Se te va tu padre, rápido.

«El arte ha podido rescatar a mi padre del Alzheimer»

Me llama la atención cómo el arte puede preservar la identidad de una persona con Alzheimer. De alguna forma, ha preservado la identidad del ser humano a lo largo de la historia…

En esta exposición se puede ver muy claro cómo mi padre, a través de la pintura, ha ido expresando cómo ha sido su deterioro cognitivo. Siempre pienso como si fuera un niño de seis años, de cinco, de cuatro, de tres, de dos y uno, hasta convertirse en un bebé. En sus obras ha dejado una memoria emocional de su energía y también de su enfermedad. El arte ha podido rescatar a mi padre del Alzheimer. No vemos una foto, vemos algo más grande y más vivo. Por eso, creo que el arte tiene vida. Tiene algo más. Por supuesto, los fotógrafos hacen arte también, pero no es una foto documental que lo representa a él pintando, sino, una pintura que tiene mucho del alma de la persona. O por lo menos la energía en ese momento.

Fotografía: Juan Adalid

Es especialmente interesante la serie “La transformación de mi padre en Gata”. ¿Cómo se la explicaría al visitante?

Hace siete años entró en mi estudio un psiquiatra al que yo no conocía, pero que por lo visto era bastante famoso. Me dijo, “que sepas que tu padre, al sufrir Alzheimer, se va a convertir en un trozo de carne, va a ser violento y no os va a reconocer. Vete olvidando de tu padre”. Cuando experimenté que mi padre quería pintar, bailar y vivir, entré en otra dimensión, que es la propia enfermedad. Así, tuve mi propia experiencia de acompañamiento. Él venía a mi estudio a pintar,  y en un momento dado dejó de andar, ya estaba en silla de ruedas. Había que darle de comer y era dependiente al cien por cien… Fue ahí cuando me regalaron una gatita.

La gatita es vida, un animal, alegría, algo muy bello. Yo nunca había tenido mascota, pero en ese momento me dí cuenta de que era algo realmente hermoso. Como estábamos en la sierra, mi padre se ponía en un sillón y la gata en el otro. Como mi padre ya no pintaba, comencé a hacer un diario entre la gata y él. Investigando, me di cuenta, y hay científicos que hablan de esto, de lo especial que es la relación entre el ser humano y el animal. Claro, mi padre se va transformando en bebé, incluso ve mi mano y la quiere comer… Llega un momento en que todo es comer y dormir. Lo más animal de nosotros está en ese estado de bebé en el que dependemos tanto de la madre. Esa relación entre mi padre y la gata, vista con humor, me lleva a pensar que la parte material de mi padre se va a ir, va a desaparecer, pero la gata sigue viva.

Es un guiño a la vida, decir, mi padre está muriéndose, pero me voy a agarrar al humor, a la belleza de la vida para desear, que en el fondo, “la memoria vive del pasado y el deseo vive del presente”. El deseo que yo tenía era que él siguiera viviendo. Sabía que su materia desaparecería, pero el proceso final, que es la transformación de mi padre en gata, está presente en estas obras. Era una forma de dar amor a mi padre a través de esa gata.

«La intención de este proyecto es seguir creciendo y que ayude a los demás»

Dentro de la muestra destaca también el cortometraje ‘Llévame donde haya vida’, galardonado por la Fundación Cien y Reina Sofía y reconocido en el festival de Tesalónica. ¿A qué proyecto pertenece este corto y quién lo financia?

Durante el confinamiento, después de que esta historia comenzara en 2018, empecé a grabar a mi padre con una cámara. Como artista, reconozco que me interesa mucho el Dadaísmo, el Surrealismo, el mundo del teatro… Al ver a mi padre que hacía cosas tan dadaístas y surrealistas, más que verlo como algo dramático me lo tomé como algo artístico. Al verlo así, mi percepción era la propia de un artista.

A partir de ahí comencé a grabarlo con el móvil, lo documenté todo. En especial, momentos muy específicos. Es verdad que acabé teniendo mucho material grabado y, de repente, me surgió la pregunta de cómo introducir todo este material dentro del mundo del arte contemporáneo. No lo considero arteterapia, lo considero más como eso, como arte contemporáneo.

Es complicado… A Susana Bañuelos, que es la comisaria desde el principio, la pedí ayuda para ordenar el material. Después, vi en la Fundación Reina Sofía de Alzheimer y en la Fundación Cien que organizaban un curso de cine de Alzheimer, y me junté con un gran montador. Para trabajar en el montaje escribí un texto, una carta dirigida a mi padre que leída dura diez minutos. Fue esa voz en off la que me ayudó a seleccionar las imágenes y a hacer este vídeo que forma parte del proyecto. Podríamos sacar una película de cuatro horas. Después ganó el Premio de Cine de Alzheimer, y aunque es verdad que la financiación del pre-proyecto corrió de mi cargo, me dieron 2.000 euros de la Asociación de Artistas (VEGAP). Yo les pedí esa ayuda para hacer el montaje y fue muy importante también. Con el premio me dieron otros 2.000 euros más, con los que pagué al montador, mi tiempo… compensó de alguna forma.

Fotografía: Alicia Alemán

También celebras talleres privados con personas diagnosticadas de Alzheimer y sus cuidadores. Alguno de ellos en el marco de esta exposición. ¿Cómo ha sido la experiencia?

Sí, durante estos días vamos a hacer alguno y también los he hecho en Minnesota y otros lugares de Estados Unidos. Como los hago en mi taller, un día apareció una mujer americana que me pidió ver mi obra y le enseñé todo lo que estaba haciendo con mi padre. Me dijo que el proyecto era muy bonito y me llevó a su Fundación, que trabajan con historias personales.

Me propuso presentar mi proyecto y lo acabamos exponiendo en Minnesota. Ellos no habían hecho nada con europeos y me invitaron. Me pagaron todo, casa, coche, comida, todo. El proyecto consistía en dar un taller a cinco personas con Alzheimer con sus cinco cuidadores. La idea era darles herramientas para poder trabajar con sus acompañantes y tratarles a todos como artistas. Fue precioso. Más tarde, la exposición de Minnesota se llevó a Nueva York. Allí era muy divertido, ‘Take me where there is life, Minnesota’, ‘Take me where there is life, New York’… Así que ahora sería ¡‘Take me where there is life, Las Rozas’!

«Me interesa el buen arte, el que está hecho de vida, de verdad y transmite algo»

La exposición se enmarca en el Plan de Salud Mental de Las Rozas. Cada vez hay más preocupación y concienciación sobre las enfermedades que afectan a nuestra mente ¿Qué ha supuesto para usted esta colaboración y qué importancia tiene visibilizar este tipo de problemas de salud?

Carlos Delgado está muy cercano al arte contemporáneo, escribe en el cultural de ABC como crítico y su proyecto en esta sala de salud mental es fascinante. Él eligió mi proyecto. Sobre todo por la visión esperanzadora que tiene esta exposición. No es sólo ver un artista de arte bruto como era mi padre, sino como una persona que acompaña, también.

La intención de este proyecto es seguir creciendo y que ayude a los demás. Lo bonito es que no es algo individual de una artista, sino que habla de seguir, de que la gente aprenda y se creen herramientas. Que estén en sus casas, simplemente escuchándolos y acompañándolos. Ahora una amiga, por ejemplo, va a traer a su padre aquí a Las Rozas, porque también pinta y tiene Alzheimer. Ella aprenderá herramientas y podrá acompañarle mejor. A mí no me compensa como un proyecto privado. Incluso en Sevilla, ahora está en la exposición Brain en la Casa de la Ciencia de Sevilla, en la que colaboran Fundación Telefónica y CCB. También la han elegido para eso. Mi mayor interés es que se hagan actividades y que le sirva a la gente en esta situación para aprender.

Carmen La Griega
Fotografía: Juan Adalid

Tienes planeado que la exposición se siga moviendo durante un período largo…

Sí… El trabajo artístico terminó con la muerte de mi padre, pero sería muy bonito que se viera por otros lugares. Es un proyectazo para que la gente entienda que se puede hacer una nueva memoria. Yo tengo una expresión que me gusta mucho que dice “Soy artista porque no quiero olvidar”. No quiero olvidar las emociones. Ellas son las que te hacen ser artista. Un Goya no se olvida porque ha transformado muy bien sus emociones

Durante la presentación has comentado distintas corrientes y artistas ¿Quiénes han sido los que más te han inspirado a lo largo de tu carrera?

Hemos hablado de El Bosco, que inspira la primera pieza del proyecto. El Jardín de las Delicias  y el mundo del inconsciente. Edvard Munch, por la familia y ese mundo de los fantasmas. Miriam Cahm, la pintora suiza, en ese mismo universo del fantasma. He hablado también de Tadeusz Kantor, sobre todo en eso que llamamos el teatro de la vida y de la muerte, del papel, en el que todos somos muñecos.

También hay inspiración en un trabajo medieval o bizantino. Hablo mucho de la religión, los iconos ortodoxos. De esas representaciones religiosas, de la trinidad… También del imaginario religioso católico. Hay una parte del trabajo que también podría tener que ver con el surrealismo, el expresionismo. Al mismo tiempo hay un trabajo figurativo, documental, en el tema de las acuarelas… También debemos incluir el cine, que igualmente participa de esto. Me interesa el buen arte, el que está hecho de vida, de verdad y transmite algo.

Fotografía de portada / Juan Adalid

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